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Mostrando las entradas de 2010

El balsero de Belén

Era nuestro último día en Iquitos y aun no nos atrevíamos a visitar el barrio de Belén. Practicamente desde que bajamos del avión, nos dijeron que allí había que tener cuidado, que no se podía ir más allá de las cinco de la tarde, que no era recomendable ir con cámaras, celulares, alhajas ni nada que pudiese llamar la atención. Nos advirtieron que la Venecia peruana era el distrito más pobre y más peligroso de la Amazonía. Eran las diez de la mañana cuando paramos un mototaxi: —Al Mercado de Belén, por favor.
El día estaba gris y así también nuestros ánimos. Valeria y yo íbamos algo preocupados, sentados en el pequeño motorizado que nos llevaba hacia nuestro destino: el mercado se encuentra en la zona alta del barrio de Belén, a unas diez cuadras de la plaza mayor de la ciudad. Mi hija de diez años estaba entusiasmada por ver qué animales selváticos se vendían allí; en lo que a mí respecta, quería conocer la zona baja, con sus casas flotantes sobre el río Itaya. Aunque no lo decíamos…

Amor en el kindergarten

En un post anterior —acerca de mi pueril fanatismo por la agrupación española Parchís— mencioné a mi segundo amor platónico: Yolanda Ventura (la ficha amarilla), dejando abierta la pregunta ¿cuál fue el primero? La presente nota pretende regresar en el tiempo, casi tres décadas, en su búsqueda; bajo riesgo de no querer volver más a mi presente.
2010
Hace un par de semanas, mientras saboreaba ese nuevo vicio llamado Facebook, me topé con una fotografía en la que aparecía yo, a los cuatro años de edad, con otros niños en la que parecía ser una actuación del nido¹. Gratamente sorprendido, agregué a la propietaria de la foto, a quien no lograba ubicar —no estaba etiquetada—, pero que asumía habría sido alguna compañerita del salón, allá por fines de los ochenta. Para salir de la duda, dejé un comentario preguntándole cuál de las niñas era ella.

Al día siguiente recibí la respuesta. Cuando la leí, sentí un cosquilleo en el hipocampo y un ¿será posible que...? cruzó por mi mente. Miraba la fo…

Money for nothing and chicks for free

Verano de 1986, sábado por la noche. Pablito (13) y yo (11) teníamos la misión de grabar el ranking "La Más Mejor del 85" —denominación burlesca alusiva a los rankings de las dos radios rockeras más importantes de Lima por aquella época ("La Mejor Mejor" de Studio 92 y "La Más Más" de Panamericana)—. Mi primo había planeado esto durante dos semanas, con el único fin de llevar al primer lugar un tema de la banda Dire Straits: Money for nothing.

Pablito —o Pablo, como ya quería que lo llamasen— conocía, mucho más que yo, acerca de las bandas de rock, de sus vocalistas y músicos, de sus álbumes y canciones; era un asiduo televidente de programas de rock, como "Disco Club" y "Top Rock"; y cuando me propuso grabar el ranking, acepté sin titubear: yo sería el locutor y mi primo, el director. Tenía en su casa un equipo de música; y había conseguido el micrófono y la cinta (casete), diseñado el formato y secuencia del programa, y hasta elabora…

El papatocco de mi madre

Recuerdo que, durante mi niñez, una de las cosas que hacían feliz a mi padre era que mi madre preparara papatocco (léase "papatojo"). Este plato regional es, hasta el día de hoy, uno de sus favoritos; pero adicionalmente, el papatocco era sinónimo de reunión familiar, ya que también implicaba que sus hermanos, los Garay Vallenas, vendrían a almorzar a la casa: talvez allí radicaba el orígen de su felicidad.

Hace poco mi padre me contó que uno de sus amigos abanquinos, radicado en Lima, le había pedido la receta del papatocco. En ese momento, recordé que nunca lo comíamos en restaurantes, clubes departamentales o en festividades regionales —solo se comía papatocco en casa de algún familiar—. Así fue como me entró la curiosidad y, en primer lugar, traté de buscar información en Internet acerca de este plato: ¡cero resultados!  
Me pareció que esto no podía quedar así, y entonces pensé en publicar la receta. Le pedí a mi madre que la escribiera, y tal cual, la transcribí para…

Nauta

Soy peruana; nacida en la Selva del Perú, donde el Ucayali se une con el Marañón para formar el río más largo y caudaloso del planeta: el Amazonas. Tengo ocho meses de edad y a pesar de eso, mi historia es similar a la de cientos como yo, capturados vivos para ser vendidos a centros de recreación turística o muertos por nuestra carne y grasa. ¿La razón? Pues soy el mamífero acuático más grande por estos lares. Mi nombre es Nauta y soy un manatí amazónico.

Trichechus inunguis es el nombre científico con que se conoce a los de mi especie. Llegamos a medir hasta tres metros de largo, somos bastante dóciles y, por nuestro tamaño y volumen, también nos llaman "vacas marinas". Por si no lo había dicho antes, estamos en la Lista Roja, es decir, somos una especie en peligro de extinción.
Al menos tuve suerte

¿Han oído eso de que "el pez por la boca muere"? Pues creo que también el manatí. Para empezar, somos los únicos mamíferos acuáticos totalmente herbívoros. Nuestra comid…

Al infinito y más allá

¿Qué pasaría si los juguetes pensaran, hablaran y se movieran como nosotros? Estoy seguro de que a más de uno se le pasó por la mente esta pregunta y fantaseó más de una vez con esa posibilidad. Precisamente esta fue la idea fundamental que en 1991 llevó al equipo de escritores de Disney y Pixar, dirigido por John Lasseter, a crear una historia maravillosa llamada Toy Story.

Por estos días, se acaba de estrenar en todo el mundo la tercera parte de la saga; y el domingo pasado fuimos a verla con los "Chico' Locos". Toy Story 3 era, para mis hijos, la película más esperada del año; aunque debo confesar que yo también estaba emocionado por verla. Cuando terminó la pelicula, todos salimos más que satisfechos. Sin duda, un cierre con broche de oro.

Quince años atrás...

Allá por 1995, en Lima no había Cineplanet, Cinemark ni Multicines UVK: habían casas de alquiler de videos (VHS) y una que otra sala de cine de poca monta.

Por aquellos días Alfredo y yo éramos mejores amigos, viví…

¿Quién le teme a Damien Thorn?

6 de junio, 6 a. m. Un vehículo se moviliza a gran velocidad, a través de las aun oscuras calles de Roma, llevando al diplomático norteamericano Robert Thorn hacia el Hospital del Capuchino; hacia la mujer que ama; hacia su impostergable y apocalíptico destino. Esta es la escena inicial de la película —en realidad de la saga— que mayor impacto tuvo en mi adolescencia: La profecía.

Se trata de una trilogía del cine de terror de la Twentieth Century Fox, basada en el guión de David Seltzer, cuyas películas fueron estrenadas en 1976, 1978 y 1984, respectivamente; y que abordaban un tema inevitablemente adictivo para esa época: la venida del Anticristo. Al Perú debieron haber llegado a inicios de los ochenta —cuando yo estaba en primaria—; según recuerdo, la "primera profecía" la pasaron por el Canal 4 y la vi en blanco y negro.

¿Qué hace que La profecía sea tan genial?
He preparado un ranking descendente con seis de los elementos que, en mi humilde opinión, hacen que esta sea un…

Come 'ere baby!

Hoy por la mañana, manejando el auto camino hacia el trabajo, me sorprendió la inconfundible voz de Steve Tyler en la radio. "Come 'ere baby!" es la primera frase del tema "Crazy" de Aerosmith. Me remontó, por un momento, a inicios de los noventa, a un incidente totalmente estúpido; sin embargo, es de esas experiencias que se quedan grabadas en tu recuerdo y que, a pesar del tiempo, no se borran.

Por aquella época, estaba estrenando enamorada: habíá empezado con ella hacía solo un par de semanas. Saboreaba todavía ese no-se-qué de los primeros días de la relación; esa singular mezcla de ingenua ilusión y de satisfacción personal que poco a poco, y a veces sin querer, se va transformando en ese sentimiento tan sublime pero inaprensible como es el amor.

Una noche fuimos a la casa de una amiga, a saludarla por su cumpleaños. Cuando llegamos ya había un buen grupo de gente tomándose sus tragos y conversando. Antes de entrar a la casa, le había dicho que si ponían una…

Two times in one day at the top of the Empire State

Desperté en la ciudad que nunca duerme. Era nuestro tercer y último día en Nueva York —habíamos dejado para el final la visita a su punto más alto—. Dicen que uno puede vivir en Nueva York toda su vida, pero hasta que no la ve desde la cima del edificio Empire State, realmente no ha visto la ciudad. En ese momento, no tenía idea de que no la vería una, sino dos veces.

The first time

Llegamos a la esquina de la Quinta Avenida y la calle 34 Oeste, el corazón mismo de Manhattan, cerca de las diez de la mañana. Una mirada hacia arriba y se sentía el vértigo tratando de ubicar el último piso del imponente edificio. En la entrada compramos los tickets (USD 19 adultos y USD 13 niños) y luego nos dirigimos al vestíbulo, que mantenía el estilo art decó de los años treinta. Allí debíamos hacer la cola para subir a los ascensores.

Es importante mencionar que en nuestro grupo iba un sobrino mío en silla de ruedas, razón por la cual en casi todos los puntos de control y revisiones de seguridad nos ha…

El cine en música

Miércoles 17 de marzo, Colegio Santa Úrsula: la espera había terminado. Para mí, uno de los sueños de toda la vida estaba por cumplirse. Para ti, aun a tus diez años, era la emoción de vivir la experiencia de escuchar y sentir una orquesta sinfónica, interpretando las bandas sonoras más famosas del cine. ¡Mejor, imposible!

Cuando llegamos al Santa Úrsula, tú ya estabas allí con el abuelo, esperándonos. Llevabas ese vestido negro que te compré en Bugui. Tu sonrisa evidenciaba lo emocionada que estabas. Saludaste a tu mamá y luego a mí; despedimos al abuelo y nos dirigimos hacia el auditorio. Nos ubicamos en nuestros asientos, que a pesar de estar en la última fila permitían apreciar bastante bien el escenario.

Un concierto que no nos podíamos perder
No se trataba de cualquier grupo de músicos: era la Orquesta de la Ciudad de los Reyes. No era nuestra primera cita con ellos: ya los habíamos visto interpretar a Beethoven tres años atrás. Pero en esta oportunidad, la expectativa era mucho …

Dime con quién andas...

Cuando era un adolescente mi viejita¹ me sentenciaba repitiendo: "Dime con quién andas y te diré quién eres", como una manera muy suya de alejarme de las "malas juntas". Si bien es cierto, ella me explicaba el refrán cada vez que me lo lanzaba, nunca se lo llegué a "comprar" del todo. El otro día, estudiando para mis exámenes finales, me encontraba leyendo mi libro de Deontología Profesional y llegué a la parte en la que se desarrollaba el concepto de la actitud moral fundamental². En el libro se citaba a Eduardo Schmidt; quien, en su obra Ética y negocios para América Latina, escribió: "Desde los primeros años de su vida, cada persona va asimilando, consciente e inconscientemente, una serie de valores éticos y morales, y también antivalores. En su infancia y su juventud este proceso es inconsciente y acrítico. Más adelante, acoge deliberadamente los valores que acepta y los que rechaza. A lo largo de los años, establece una jerarquía de valores prim…