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Amor en el kindergarten

En un post anterior —acerca de mi pueril fanatismo por la agrupación española Parchís— mencioné a mi segundo amor platónico: Yolanda Ventura (la ficha amarilla), dejando abierta la pregunta ¿cuál fue el primero? La presente nota pretende regresar en el tiempo, casi tres décadas, en su búsqueda; bajo riesgo de no querer volver más a mi presente.

2010

Hace un par de semanas, mientras saboreaba ese nuevo vicio llamado Facebook, me topé con una fotografía en la que aparecía yo, a los cuatro años de edad, con otros niños en la que parecía ser una actuación del nido¹. Gratamente sorprendido, agregué a la propietaria de la foto, a quien no lograba ubicar —no estaba etiquetada—, pero que asumía habría sido alguna compañerita del salón, allá por fines de los ochenta. Para salir de la duda, dejé un comentario preguntándole cuál de las niñas era ella.


Al día siguiente recibí la respuesta. Cuando la leí, sentí un cosquilleo en el hipocampo y un ¿será posible que...? cruzó por mi mente. Miraba la foto, una y otra vez. Yo, un ridículo enanito; ella, Blanca Nieves; al lado suyo, el príncipe; no había duda de que el destino jugaba conmigo otra vez.

Pero aun no estaba seguro de que ella realmente fuera la niñita que me hacía suspirar en el nido; y necesitaba saberlo. Para eso, debía escarbar en un episodio nebuloso de mi pasado, debía hacerme la pregunta que nunca antes me había hecho: ¿por qué no le dije nada cuando la volví a ver a los dieciséis, en 1991?

1991

Sábado al mediodía en el colegio. Ese día se celebraba no recuerdo qué; pero el asunto es que había mucha gente: alumnos, padres de familia y, por supuesto, chicas de otros colegios —por aquella época, La Salle era solo de varones—.

Yo caminaba hacia el patio de secundaria cuando me percaté que venía una chica en dirección mía. La miré y ella también se quedó mirando, como intentando reconocerme. Su rostro me parecía familiar, pero no llegaba a identificarla. Pasó por mi costado, así que volteé a verla una vez más; ella también volteó, nos detuvimos, y dijo: —¿Pepito Garay? —Sí. —¡Tú le rompiste el diente a una amiga en el nido!

Ante tal acusación, la más inesperada en estas circunstancias, me quedé perplejo. Nuevamente fue ella la que rompió el silencio: —Soy Ale, ¿no te acuerdas? Hasta ese momento no tenía la más mínima idea de quién era esta especie de "policía del tiempo", y más bien me preocupaba que en cualquier momento llegara el papá de la chimuela. Sin embargo, en mi mente, el rostro de esta chica comenzó a transformarse en nada más y nada menos que el de la niñita que me hacía suspirar en el nido. —¡No hay forma! —pensé.

Nos pusimos a conversar un rato acerca de los compañeritos del salón, me contó que conocía a un chico de mi promoción, y finalmente me dio su dirección —a inicios de los noventa no existían los celulares, la mensajería instantánea, ni las redes sociales—: quedé en ir a visitarla un día. Y así como apareció, se fue.

Unos días después, me armé de valor y decidí buscarla. Quería contarle acerca de ese precoz sentimiento que tuve por ella; aunque parezca insulso, necesitaba decírselo. Le pedí a mi padre, una vez más, su apoyo financiero, y en una joyería por el mercado de Jesús María compré una sortija que tenía una piedrita de color azul. Tomé mi bicicleta y me fui para su casa.

No logro recordar mucho de aquella tarde. Estaba bastante nervioso y es probable que haya hecho más de una broma de mal gusto —sí, señores: desde adolescente yo ya era así—. Recuerdo que estábamos en su sala y comenzamos hablar de música. Ella puso un disco de Joan Manuel Serrat, la Antologia 67-81. Yo jamás había oído, por voluntad propia, a Serrat; sin embargo, en ese momento era el fan número uno del cantautor español. La pasábamos muy bien, me sentía a gusto allí con ella; pero casi al finalizar la tarde, creo que entré en pánico y le dije que me tenía que ir. Antes de salir de su casa, le entregué la cajita envuelta (con la sortija adentro) y me despedí.

Mientras pedaleaba mi bicicleta, de regreso a casa, pensaba en que todo esto de la sortija había sido una pésima idea: ¡qué clase de regalo era ese, cuando ni siquiera la había tratado en años! ¿qué pensaría ella de mí? ¡Voy a ser la burla de todos en el colegio, cuando ella se lo cuente al chico ese de mi promoción! Me sentía el chibolo más tarado del mundo; y sintiéndome así, tomé la decisión más tarada de todas: no volver a verla nunca más.

1980

Compañeros de miles de cosas
y mil cosas para recordar,
emprender el camino elegido,
mirar adelante
y nunca hacia atrás.


Es el coro de la canción que nunca olvidaré —la tuvimos que aprender para nuestra graduación del nido—. Marcó el final de una etapa: no más caminatas todas las mañanas por Arnaldo Márquez, tomado de la mano de mi abuela; no más salones de color amarillo, verde y celeste; no más mandiles grises; ni clases de karate; ni fiestas de cumpleaños en el patio principal. "El Mundo de los Niños" pasaría a formar parte de mi pasado, junto con todos esos compañeritos con los que había crecido durante tres años; pero de todos ellos, a la que más extrañaría era a Ale, la que me hacía suspirar.

Cualquiera se preguntaría ¿y qué puede saber un niño de seis años acerca del amor? No tengo la respuesta; tal vez no sepa nada o, por el contrario, tal vez sea capaz de sentir el amor en su forma más pura, capacidad que creo se va perdiendo mientras uno va madurando.

El encontrarme nuevamente con Ale, mi primer amor platónico, me hizo recordar una frase que leí alguna vez: "el amor no envejece nunca; muere en la infancia".

(¹) De acuerdo a Wikipedia, en el Perú, el término "nido" se refiere a la escolaridad de los niños entre los tres y seis años.

Comentarios

ezequiel dijo…
La califiqué como interesante porque realmente lo es; Esos recuerdos perdidos de la infancia, recuperados cuando la razón y las circunstancias son tan diferentes, logran trasladarnos por instantes al mundo mágico de la infancia.
Te felicito Pepe por el blog te seguire leyendo.

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