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Nauta

Soy peruana; nacida en la Selva del Perú, donde el Ucayali se une con el Marañón para formar el río más largo y caudaloso del planeta: el Amazonas. Tengo ocho meses de edad y a pesar de eso, mi historia es similar a la de cientos como yo, capturados vivos para ser vendidos a centros de recreación turística o muertos por nuestra carne y grasa. ¿La razón? Pues soy el mamífero acuático más grande por estos lares. Mi nombre es Nauta y soy un manatí amazónico.

Trichechus inunguis es el nombre científico con que se conoce a los de mi especie. Llegamos a medir hasta tres metros de largo, somos bastante dóciles y, por nuestro tamaño y volumen, también nos llaman "vacas marinas". Por si no lo había dicho antes, estamos en la Lista Roja, es decir, somos una especie en peligro de extinción.

Al menos tuve suerte

¿Han oído eso de que "el pez por la boca muere"? Pues creo que también el manatí. Para empezar, somos los únicos mamíferos acuáticos totalmente herbívoros. Nuestra comida favorita es la huama, una especie de planta que crece en los márgenes de ríos y lagos. Precisamente nos cazan cuando vamos por allí a alimentarnos. Si tenemos suerte lo hacen con redes; si no, con arpones.

Tenía tan solo tres meses de nacida. Mis padres habían esperado mi llegada durante casi un año; y, como hija única, me convertí en la luz de sus pequeños ojos —podía reconocer esa luz en los ojos de mi madre cuando me amamantaba—. Una noche, mientras acompañaba a mis padres a buscar huama, por un momento me alejé de ellos; y fue así como de improviso quedé atrapada en una red. Desesperadamente traté de soltarme, pero me fue imposible. Sentí un golpe fuerte en el lomo y me desmayé.

Cuando desperté, supe que mi vida había cambiado para siempre. Estaba en una piscina, en un centro de recreación, en uno de los pueblos más antiguos de la Amazonía: Nauta. Al principio, me costó mucho adaptarme al espacio limitado, a la consistencia del agua, a la falta de leche materna, al trato descuidado por parte de los humanos; pero sobre todo, extrañaba muchísimo a mis padres. Después de unos meses llegué a pesar dieciséis kilos, cuando debía pesar cuarenta y cinco.

Escuché a unos de los turistas decir que cuando Cristóbal Colón vio por primera vez unos manatíes, creyó que eran sirenas feas con caras de hombre. A pesar de eso, a los turistas les encantaba fotografiarse conmigo, incluso pagaban por ello —veinte dólares la foto—. A mí no me gustaba la luz del flash, ni tampoco cuando me resbalaba de entre sus brazos y caía al suelo.

Así fue como aprendí a tenerle miedo a los humanos.

Rescatando a la cautiva Nauta

Una mañana llegó la Policía Ecológica junto con un grupo de biólogos. Al parecer, un turista había denunciado a las autoridades que este centro de recreación tenía a un manatí cautivo. Mis "héroes" me sacaron de esa piscina con mucho cuidado y me trajeron en una camioneta hasta aquí, el centro de rescate de la Asociación para la Conservación de la Biodiversidad Amazónica¹: mi nuevo hogar.

Aquí conocí a Harold Portocarrero, un jóven biólogo que se encargó de mí, desde el primer día que llegué. Me bautizó con el nombre del pueblo de donde fui rescatada: Nauta. Y como estaba desnutrida, al principio me alimentó con suero, y posteriormente con leche. Hoy ya casi he recuperado mi peso, y justo por estos días, he empezado a comer huama.

Gracias a Harold aprendí que no todos los humanos son malos; que hay personas a las que sí les importan los animales; y no solo eso, sino que dedican su vida a proteger y cuidar de ellos. Todos los días, el centro de rehabilitación recibe a niños y adultos, ansiosos por conocer algo más acerca de nuestra especie. Harold les cuenta mi historia, y luego los niños pueden alimentarnos, incluso pueden darnos nuestra leche con el biberón.




Con este tipo de contacto, los visitantes se van más que informados, sensibilizados respecto de la importancia de los manatíes para la armonía del ecosistema en la Amazonía.

Un futuro no muy lejano


Mi amigo Harold y los chicos de Acobia-Dwazoo no solo rehabilitan y mantienen a los manatíes bebés; también van preparando a los manatís más jóvenes para su reinserción en su hábitat natural. Escuché que a fines de este año, liberarían a una pareja de manatíes en la zona protegida de la reserva de Pacaya Samiria. Incluso planean utilizar microchips para poder monitorearlos, una vez en libertad: ¡lo último en tecnología de geoposicionamiento!

No pierdo la esperanza de que algún día pueda volver a las aguas del Marañón; de volver a ver esa luz en los ojos de mi madre; de más adelante formar mi propia familia; y de que algún día los seres humanos aprendan a respetar la vida en todas sus formas.


(¹) La Asociación para la Conservación de la Biodiversidad Amazónica opera y mantiene el Centro de Rescate Amazónico, gracias a la ayuda que recibe del Dallas World Aquarium de los Estados Unidos de América. Actualmente utiliza las instalaciones del Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana (IIAP), ubicado en el Km. 4.6 de la carretera Iquitos-Nauta, Perú.

Comentarios

Yani dijo…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Yani dijo…
Si, no perdamos la esperanza querida Nauta, los humanos podemos ser crueles pero siempre queda la esperanza de que un dia seremos una raza mas senzata, que ese sueño no nos abandone nunca. Todo estara bien, con blogs amigos como este y campañas educativas que se extiendan de norte a sur y de este a oeste todo estara mejor. Un beso en la trompita, nauta!
Daphne dijo…
LISTO!!

http://lavidamodernadedaphne.blogspot.com/2010/08/si-seguimos-asi-habra-manaties-hasta-en.html

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