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El efecto "Vive"

Mientras el último acorde de la canción se desvanecía a nuestro alrededor, volteé a mirar a mi ahijada, de reojo; ella se sonrojó y se fue corriendo hacia el baño. Wilson y yo, sentados frente al piano, nos miramos extrañados, y ya cuando salió pudimos confirmar que la niña había estado llorando.

Aunque no era la primera vez que alguien derramaba una lágrima con la canción del mexicano José María Napoleón —recuerdo que el tío Óscar Garay solía pedirme que se la cantara en las reuniones familiares—, me dejó sorprendido y luego preocupado el que, a sus diez años, la hija de Wilson se haya dejado llevar por la letra y la fuerza de la canción. Me quedé preguntándome... "¿por qué mi ahijada se conmovió tanto con 'Vive'?".

Una nueva canción

Hacia fines de los ochenta, mi mejor amigo había sido enviado a descubrir una supuesta vocación sacerdotal en el colegio aspirantado salesiano —uno de esos vagos momentos de tristeza que recuerdo de la niñez—. En una de sus temporadas vacacionales, Carlos García trajo una nueva canción para aprender; la letra decía: “Nada te llevaras cuando te marches, cuando se acerque el día de tu final; vive feliz ahora mientras puedes, tal vez mañana no tengas tiempo para sentirte despertar”.

Se trataba del "Vive" (1976) del Poeta de la canción, José María Napoléon. Inmediatamente, quedé impregnado. El tema pronto se convirtió en uno de los himnos de nuestra agrupación pastoral por aquella época, la Sociedad de Cristo. Uno de sus más entusiastas intérpretes era, precisamente, mi amigo Wilson Hernández, quien recién se integraba al grupo.

Meeting Wilson

Había conocido a Wilson en el Oratorio Santa Rosa, del Colegio Salesiano de Breña. Él apoyaba como acólito en las misas de los domingos por la mañana. Me llamaba  la atención la devoción con la que ayudaba al Padre Alcibíades Ramos, así que un día me animé a invitarlo a participar en el proyecto. Siempre alegre, con una candidez e inocencia poco comunes, fue ganándose el cariño de todos; y en lo particular, llegué a tenerlo dentro de mis amigos más cercanos.
Durante los años siguientes, muchas amistades entraron y salieron de la ecuación de mi vida; de manera esporádica, unas cuantas de las que se habían ido volvían, pero ningún amigo fue más leal que Wilson. Siempre que nos reuníamos, de una forma u otra, terminábamos cantando "Vive". Como si cada vez que me dejaba vencer, que me sentía deprimido o que nada parecía funcionar, necesitara que una voz, de épocas mejores,  me gritara: "Abre tus brazos fuertes a la vida, no dejes nada a la deriva, del cielo nada te caerá; trata de ser feliz con lo que tienes, vive la vida intensamente, luchando lo conseguirás" —quizás Wilson también necesitaba oír lo mismo—.

Y es que el provenir de un origen tan humilde; el haber perdido a su madre, en el momento de su nacimiento, y a su padre, dos meses más tarde —aunque años después, se enteraría de que no era su verdadero padre—; y el haber sido criado por sus tíos putativos, relegado a labores domésticas; le afectaría a cualquiera. Wilson no pudo estudiar en un colegio normal —tuvo que recibir educación "especial" en el Perú-Holanda—, y sumado a diversos problemas y necesidades económicas que padecería durante su juventud, solo le quedó luchar por subsistir y mantenerse a duras penas.

El efecto "Vive"

En el 2003, me pidió que sea padrino de su hija. Esa vez, mientras celebrábamos el advenimiento, recuerdo que yo me sentía algo molesto y desganado —pasaba por uno de esos cuestionamientos existenciales propios de los treinta años—; y ya avanzados en tragos, me increpó amargamente:

—¡¿Y tú de qué te quejas?! ¡Tú tienes a tu madre, a tu padre! ¡Yo ni siquiera los conocí! ¡Cuánto hubiera dado yo por mirar los ojos de mi madre, por poderle contar mis problemas, por recibir aunque sea una caricia suya!... ¡¡Tú no tienes ningún derecho para deprimirte!!

Desde entonces, Wilson se convirtió, para mí, en la personificación del "Vive" de José María Napoléon.

No sé por qué mi ahijada se conmovió tanto con 'Vive', aquella noche, hace unos días. Quizás, a pesar de su corta edad, ella también veía lo mismo que yo. Quizás la canción le recordaba a su padre y a su incansable lucha por sacarla adelante, por vivir intensamente, por tratar de ser feliz a toda costa.

En una entrevista, le preguntaron a José María Napoléon sobre cómo le gustaría que se escribiera su epitafio, a lo que respondió:
Hace mucho tiempo, escribí  una canción que dice: “Cuando me muera, no quiero ni claveles ni coronas; cuando me muera, yo quiero que me transcurran las horas; cuando me muera, yo quiero que rece así mi epitafio: ‘Aquí nace un verso en prosa, una palabra con canto’”. Pero no quiero que diga eso la tumba; quiero que diga “¡Vive!”.


Comentarios

Anónimo dijo…
Que lindo mensaje , la vida de Wilson realmente nos da una lección de vida.

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