Todo tiene arte
31 de diciembre. Mientras que la mayoría deseaba que el 2010 se fuera ya, parte de mí quería que el tiempo se detuviera ahí mismo. Sabía que los primeros días del 2011 definirían los caminos por los que transitaría en los años venideros: temor al cambio —o quizás temor a crecer, como sentenciaría Kareen Flores—. Esta vez no recibí el Año Nuevo con la ilusión de siempre, con esa esperanza absurda de que todo va a ser mejor, de que este año sí se harán realidad nuestros sueños; el 2011 llegó a mí implacable, impostergable e impredecible.
Quinto día
Al quinto día, llegó la primera de las definiciones por encarar; para esta primera y más importante, la Ceci y yo tuvimos que ser un equipo nuevamente: prepararnos, pensar como uno solo, y entender que debíamos apoyarnos si es que uno de nosotros de derrumbaba en el momento decisivo. Sabíamos que nos esperaba un trago amargo pero necesario; sabíamos también que nos tendríamos el uno al otro a la hora de tener que tomarlo.
Esa noche me sentía triste por todo aquello y, aunque era un poco tarde, decidí ir a visitar a un viejo amigo por su cumpleaños. Lo había llamado por la tarde para saludarlo; y me invitó a caerle por la noche en su departamento. Se había casado recientemente y la verdad es que no lo veía desde hace mucho tiempo, más del que hubiera querido. Sentí la necesidad de ver un rostro del pasado, de épocas menos complicadas; así que fui.
Cuando llegué me recibieron varios rostros conocidos: su hermana, su hermano —mi compañero de promoción del colegio—, sus papás; y claro, estaban también ahí amigos suyos que no conocía. Lo saludé con un fuerte abrazo, me presentó a su esposa y me integré, con el carisma que me caracteriza, a la bonita reunión por el onomástico.
Robocop
Con el tiempo, Álvaro y yo nos hicimos buenos amigos, incluso después del colegio. La pasábamos bien haciendo música con la banda, componiendo canciones, haciendo videos caseros, yendo a los quinceañeros; hasta que llegó la universidad, luego el trabajo, y así, llegaron nuevos grupos de amigos. Sin quererlo, nos dejamos de ver.
Descuadre mental
De regreso a la reunión del onomástico, luego de un par de horas, me percaté de que en la sala habían dos estuches de guitarra. Le pregunté por qué tenía dos instrumentos; y me contó que su esposa y él estaban recibiendo clases particulares, incluso desde antes de casarse. Me causó curiosidad y le pedí que me contara más. Me habló acerca de habilidad que quería desarrollar con la guitarra —así como yo, Álvaro sabía acompañar(se), mas no puntear—; me contó acerca del método que utilizaba el instructor, y que les había ayudado mucho el tener una meta, un objetivo que alcanzar.
—¿Y cómo es eso? —le pregunté más curioso aun.
—Bueno, un par de meses antes de la boda, yo tenía en mente una canción, la música de la canción. Se la toqué al instructor y le gustó. Con Ali nos pusimos como meta ponerle la letra, hacerle los arreglos musicales, practicarla y cantarla el día de nuestra boda.
—¡El día la boda! ¡Cantarla! ¡Los dos! —Me quedé mudo de la sorpresa; tan solo escuchaba.
—Y ya pues—continuó entusiasmado—: le pusimos la letra, el instructor nos ayudó con los arreglos, nos la aprendimos bien, y el día de la boda, la cantamos en frente de todos.
En este punto de la conversación, sentía que algo no cuadraba dentro de mi mente hoy parametrizada por las formas socialmente aceptadas, por la etiqueta que he ido adoptando con el pasar de los años; de arranque, me decía a mí mismo que jamás haría algo parecido —¿o acaso que jamás me atrevería?—. Mientras yo pensaba esto, Álvaro se dirigió a su esposa: —¿La cantamos, Ali?
Todo tiene arte
Durante los siguientes tres minutos, Alicia y Álvaro compartieron con sus invitados su canción Todo tiene arte. A medida que iba escuchando la letra, me iba sumergiendo en ese maravilloso testimonio musical de lo que implica la unión de dos personalidades, de dos mundos; de la sublime tarea de dedicarse y entregarse el uno al otro, de enamorarse permanentemente; un testimonio de que todo ello requiere de arte, de ternura, casi de devoción. Con el acorde de cierre, todos los que estábamos allí, aplaudimos emocionados; y mientras yo lo hacía, pensaba para mí: "¡Buena, Robocop!".
Aquel quinto día del 2011, recibí el baño de optimismo que necesitaba para enfrentarme a mis temores, gracias a la genialidad de una pareja de artistas. Por alguna razón, sentí que todo se acomodaba; me embargó otra vez la esperanza absurda de que todo podía ser mejor, de que este año sí se podrían hacer realidad mis sueños. Comprendí que solo había una forma de lograrlo: haciendo las cosas con el corazón.
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Gise (la hermana)