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¡Adiós, tío Lino!

Julio de 2007
Era el último tramo de un solitario viaje de tres semanas por el sur del Perú: una necesaria extracción de mi ser, en búsqueda de entendimiento, de redención y de luz en medio de un período oscuro de mi vida. Atrás quedaban los imponentes cerros del santuario de Machu Picchu, las heladas islas sobre el Lago Titicaca, y las ruinas de un imperio milenario llamado Tiahuanaco al otro lado de la frontera boliviana. Había dejado para el final de la travesía a (nada más ni nada menos que) Abancay, la tierra de mis ancestros.

El bus se detuvo; por fin habíamos llegado. Mi papá le encargó a su amigo Jorge "El Viejo" Vargas que me esperara en la estación terrestre y que me ayude a instalarme en la ciudad —conocía al tío Jorge de toda la vida: músico folclórico y guitarrista igual que mi padre, uno de sus mejores amigos—. Cuando bajaba del bus, lo reconocí inmediatamente; y a su lado, casi dos cabezas más alto, estaba un señor al que jamás había visto.

—¡Hola, papá! ¿Qué tal el viaje? —me dijo el tío, luego de darme un fuerte abrazo.
—Bien, tío. Todo tranquilo.
—¿Conoces a tu tío Lino? —preguntó como presentándomelo.
—No, ¡pero mucho gusto! —dije mientras le estrechaba la mano.
—Es un gran amigo de tu papá —acotó cariñosamente.

Así fue como conocí a Lino Pinto.
De izquierda a derecha: Lino Pinto y Jorge "El Viejo" Vargas
Era la primera vez —a mis 32 años— que pisaba suelo abanquino; y apenas se lo conté al tío Lino, no dudó en llevarnos a celebrar el acontecimiento... ¡y no era para menos! Sentados alrededor de una mesa, las botellas de cerveza fueron desfilando alegremente, así como las anécdotas de su juventud —junto a mi padre, por supuesto—, y obviamente la música al son de la guitarra. Después de tantos días andando solo, la cariñosa bienvenida por parte de mis anfitriones me hizo sentir en familia, me hizo sentir en casa.

Los días que siguieron no fueron tan distintos: el tío Lino me buscaba tempranito para ir a tomar desayuno; conocer la ciudad y sus alrededores; intercalando los paseos turísticos con refrescantes paréntesis: la irrefutable tradición de sentarse en un restaurante a conversar y tomarse unas cuantas cervezas para "calmar la sed" —él siempre con su cervecita negra, y yo con la rubia—. El tío Lino aprovechaba para hacer sus cosas mientras yo almorzaba, pero luego volvíamos a encontrarnos para continuar paseando y conociendo. Incluso me presentó a otros amigos abanquinos —conocidos de mi padre—, con los que también departíamos alegremente.
Plaza de Armas de Abancay (2007)

De izquierda a derecha: Lino Garay, Pepe Garay (Jr) a.k.a Galileus, Lino Pinto, el sr. Ballón, y el profesor Herrera.
El tío Lino me ayudó a contactar con la Oficina de Turismo, a fin de poder unirme a un grupo de niños que irían de excursión al Santuario nacional de Ampay al día siguiente. Pasé todo mi último día en Abancay subiendo cerros y perdiéndome en las faldas del Ampay. Fue una experiencia increíble.

En la Laguna Grande (Uspaq'ocha) a 3,750 m.s.n.m.
Y así como me recibieron días atrás, mis dos anfitriones me despidieron en la estación terrestre—recuerdo que llegamos con las justas a alcanzar el bus—. Les agradecí por todas sus atenciones y muestras de cariño; me llevaba en el corazón demasiado de Abancay gracias a ellos. Y partí de regreso a Lima. No volví a ver al tío Lino Pinto nunca más.


Noviembre de 2015, ocho años después...
Hace unos días, mi papá me contó que el tío Lino venía a Lima a realizar unos trámites. Pensé que sería una bonita idea el darme un tiempo para saludarlo. Pero al día siguiente llegó la triste noticia de que había fallecido en un accidente automovilístico antes de Ica, a solo unas horas de la capital. Tenía 69 años. 

Mi padre lo recuerda así:

Un amigo leal y sincero, generoso y siempre atento anfitrión en Abancay. Su vocación de servicio fue como un estigma que marcó su terco amor por la familia, los amigos y la tierra querida. Por sus venas corría un torrente de amabilidad y pasión por el prójimo; irradiaba simpatía y dulce encanto en su sonrisa franca y cariñosa.
Si bien Abancay, para mí, ha representado una idealización familiar de toda la vida, de hoy en adelante quedará personificada en Lino Pinto... Y cada vez que me tome una cerveza negra, te recordaré y brindaré por ti, tío... por ese trato familiar y sincero que me brindaste cuando era yo un extraño, de visita en la tierra de mi padre.

Comentarios

Elocuente. Una narración que pinta el reencuentro con varias generaciones de la estirpe Garay tan ligada al sentimiento de abanquinidad. Pepe hijo, solo fue a recoger los sombras de su abuelo Maniel y el afecto que dos generaciones profesan por su padre, esas que cantan a todo pulmón "Si vienes a mi Abancay", buscando inmortalizarla. Abrazos Galileo, lo que se hereda no se hurta, millonario de amor.

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