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Batimóvil perdido y encontrado

Parecía que aun estaba soñando cuando a las diez de la mañana abrí las cortinas de mi cuarto y vi que mi carro ya no estaba donde lo había dejado unas horas antes. Honestamente, pensé que estaba en una de esas pesadillas a las que mi inconsciente me tiene acostumbrado, en las que tengo que enfrentar algunos de mis grandes temores. Antes de entrar en pánico, me aseguré de que mi papá no haya necesitado tomar prestado el auto, y una vez descartada esa posibilidad, era oficial: ¡se habían robado el batimóvil!

Luego del susto inicial

Despúes de notificar el hurto a mi compañia de seguros y al Serenazgo de Magdalena del Mar, me fui a poner la denuncia a la Comisaría, donde un efectivo de la Policia Nacional avisó por radio a la División de Investigación de Robo de Vehículos (Dirove). A pesar de que había iniciado la búsqueda —como diría el doctor Doofenshmirtz, en todo el área limítrofe—, una sensación de derrota y de impotencia me tenía algo triste. De regreso a casa, tuve que explicarles lo sucedido a mis hijos, ante quienes debía mostrarme optimista y sereno. Contra todo pronóstico, de la Ceci recibi el apoyo moral que necesitaba y hasta incluso un toque de humor: «Si no aparece, con la plata del seguro ya tienes la inicial para tu camioneta de
segunda».

Con el paso de las horas, comencé a interiorizar la muy probable idea de que no volvería a ver mi carro nunca más; y entonces, mientras realizaba mis actividades planificadas para ese domingo —parrillita familiar incluida—, llegaban a mí, desordenadamente, reminiscencias de mis últimos doce años en las que el batimóvil era el protagonista secundario (y en algunas, el principal).

Ridícula invasión de recuerdos

El olor a nuevo mientras lo sacaba de Japan Autos allá hacia fines de los noventa; la ansiedad mientras manejaba de Lima a Huacho, cuando la Ceci empezó a sentir los dolores de parto por primera vez; las aves de paso de Savina al lado de Juan José Cárdenas; Huaraz, Tarma, Ayacucho, Cajamarca, Chiclayo, Trujillo, Piura, Oxapampa, Pozuzo, Huancayo; golpes, choques, la grúa, los talleres mecánicos; los concursos de bandas sonoras con los "Chicos Locos" en el asiento de atrás; robos menores, robos televisados —mis treinta segundos de fama en Canal N—; las salidas fotográficas con mi mentor, Rómulo Luján, y las otras, con mi pupilo, Bily Casavilca; acrobacias al volante y travesuras debajo del volante; mis choferes de reemplazo: Manuel Cruzado, Pedro Garay, Dania Aka, Carlos Manrique, Paola Araoz, Iván Garay, Kareen Flores; las rutas del Pisco Sour, terminando o comenzando en la Plaza San Martín; monólogos, reflexiones y lágrimas.


«Pero ¿en qué clase de ridículo sentimental me estaba convirtiendo? Un automóvil es solo un automóvil, ¿cierto? Es decir, es una máquina, un artefacto electro-mecánico, un objeto inanimado, un vehículo totalmente reemplazable. Además, ya era hora de cambiar de carro: mi batimóvil ya estaba empezando a volverse obsoleto, y no me vendría mal una camioneta. En fin, las cosas pasan por algo», pensé.

En el preciso momento en que terminaba de decirme a mí mismo estas cosas, sonó el timbre de la casa: «¡Ding-dong!».
—¿Sí? ¿Quién es? —dije en voz alta, asomándome al muro de la azotea.
—Somos de la Dirove. ¿Se encuentra el señor José Garay Álvarez? —preguntó el efectivo de la Policía Nacional.
—Sí. Yo soy.
—Baje, por favor. Encontramos su auto.

El reencuentro

Una hora más tarde, llegaba yo a la Dirove, en Barrios Altos, en la camioneta de la Policía. Luego de conversar con el técnico de turno, este me autorizó a revisar mi carro todavía en custodia. Cuando lo vi completo, sin un rasguño exterior, me sentí como aliviado. Cuando abrí la puerta y confirmé que, excepto por la mascarilla de la radio, no se habían robado nada, una singular emoción, mezcla de asombro y regocijo, me paralizó.
—Tuvo suerte, señor —afirmó el técnico, que había ido a buscarme.
—Sí. Muchas gracias.
—Venga mañana con la copia de su denuncia policial, y se lo entregamos.
—Ok. Hasta mañana, entonces. —Y le estreché la mano.

Antes de salir de la Dirove, volteé para ver una vez más al batimóvil; y casi silenciosamente, de mis labios salieron dos palabras: «¡Hasta mañana!».

Comentarios

Anónimo dijo…
Estás histeriqueando demasiado, no me imagino lo que podrías haber escrito si te hubiesen secuestrado con auto y todo llevándote raudo al corazón de Tacora y estacionando en medio de 10 negros drogadictos!
Seguro que te dejaban ir con el calzón en la mano y de lejos los zambos te dirían "vuelve mañana".
Maximiliano Guerra dijo…
Totalmente de acuerdo con el primer comentario. Tendrías que agradecer porque no te pasó nada, si te choreaban el carro y estabas manejando tal vez hasta te mataban, por cierto... la viuda está buena?

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